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07:10 am – eldiscoduro – Gonzalo Morales//
El más fraternal de los infiernos

Tona habla, gesticula, va y viene con la bandeja de té. Se queja, se compadece a sí misma. Reprocha. Laura intenta responder, calla ante la avalancha de palabras, se exaspera. Vuelve a callar.

Laura y Tona son hermanas. Estuvieron años distanciadas y ahora, durante un breve lapso y sin garantías de continuidad, se vuelven a reunir.

Casi un feliz encuentro, tituló con ironía Griselda Gambaro esta obra, una de las últimas que escribió, que por estos días se presenta en el teatro ElKafka. La tenue posibilidad del “casi” se vislumbra al inicio mismo de la puesta: un segundo de sala a oscuras, apenas un haz luminoso que desciende sobre las dos hermanas; el ruido seco de un abrazo profundo, intenso, fugaz. Y luego luz plena, desencuentro abierto, un afecto por momentos tan parecido al odio.

El teatro tiene eso: dos actrices jóvenes se meten en la piel de dos mujeres envejecidas, y allí están Laura y Tona, todo el peso de sus vidas sobre los hombros. Los personajes devoran el escenario con la casi nada (o más bien, casi todo) de anécdota que cuentan. Una hermana vuelve tras una larga estadía en Francia. La otra la recibe con un té y la sospecha de que el regreso tiene que ver con la herencia familiar. Laura, la que vivió en el extranjero, dice que no es por eso que está en Buenos Aires. No puede decir mucho más. Tona le recuerda que fue ella la que debió acompañar la agonía de los padres de ambas; fue ella quien cuidó, asistió, presenció. Tona ofrendó trabajo, sueño, días de lo que le iba quedando de juventud, mientras Laura -que ahora tose delante de ella y a la que nunca se le ocurre preguntarle qué ocurre realmente con su salud-, Laura andaba por París haciendo vaya a saber qué. Porque Tona apenas pregunta. Y si pregunta, nunca llega a escuchar.

“Con todo lo que te quiero, no te soporto”, le dice Laura, y uno siente que todo el teatro vibra en la furia contenida de su voz, puro hartazgo ante la verborragia de la otra. Tona la magnánima, que no puede apartar ni un segundo la mirada sobre sí misma. Tona la de los oídos tabicados: un monólogo interminable donde, desde ya, no hay lugar para ningún otro.

Divo Gordo

Grotesca por momentos, tremenda siempre, la obra podría ser el recorte de un diálogo imposible entre dos personas cualesquiera. Pero resulta que son hermanas. Allí es donde Gambaro se pone especialmente feroz. Porque nadie quiere saber -al menos, no saber demasiado- sobre el lado oscuro del amor fraterno. Ese lazo imbatible, el de la sangre, la crianza común, el saberse fruto de un mismo vientre, parte de igual linaje. Un torrente de apego que, como tsunami, puede volverse en contra y ser furia enquistada, resentimiento, desconfianza, competencia. Y el relato ancestral aguijoneando una sospecha: quizá no fue con Adán y Eva que la humanidad comenzó su verdadero periplo, sino con los que vinieron después. Esa primera sangre. Caín y Abel.

Casi un feliz encuentro se anima con lo sombrío del modo más inesperado. Y así, entre los pliegues de las peroratas de Tona, el agobio de Laura, su proximidad incluso trivial, va asomando otra cosa. La certeza de que aquí se habla de amor fraternal, pero se podría estar hablando también de amor erótico, vínculo amistoso, cualquier otro intercambio humano. Laura y Tona se aman, se detestan y nos arruinan la fiesta. Hacen pensar en otra obra, estrenada por primera vez a mediados del siglo pasado, un año antes de que terminara la Segunda Guerra Mundial. La había escrito un tal Jean-Paul Sartre, se llamaba A puerta cerrada y en ella se profería la frase letal: “El infierno son los otros”.

No fue inmediato. Pero a los pocos días de ver la obra de Gambaro, como si decantara de a poco, me sobrevino el recuerdo del texto de Sartre. Porque si en la obra del francés tres personajes, muertos y condenados, descubren que el infierno es vivir juntos eternamente, en la de la autora argentina las dos hermanas exhiben la construcción de un particular y fraterno infierno en la tierra. Es tan fácil, pienso -frente a la sordera imbatible de Tona, la mudez intermitente de Laura-, construirlo.

Por eso me aferro a mi oración laica: la sentencia que el gran Khan dirige a Marco Polo en Las ciudades invisibles de Italo Calvino. Porque el Khan sabía que el infierno existe, que “lo formamos estando juntos” y a veces nos mimetizamos con él sólo para no sufrirlo tanto. Pero también sabía que hay otra opción: “Buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio”.

LA NACION Opinión

Divo Gordo

Tags: Francia

Con información de: La Nacion